Capítulo 24 de mi proxima novela

A continuación, os dejo el borrador del capítulo 24 de mi próxima novela. Es poca cosa y todavía esta por pulir y corregir. Así que no seáis muy duros conmigo a la hora de valorarla (Si es que lo hacéis)...Gracias.

Capítulo 24

Lunes por la Noche, Grao de Castellón 22:05  (Castro)



Castro tamborileaba los pulgares sobre el volante. Sin música. Solo el ritmo torpe de su cabeza acelerada, intentando ahogar los pensamientos que venían uno detrás de otro, cada cual más jodido que el anterior.

Los focos de los coches que venían de frente lo deslumbraban a ratos, pero ni así lograban arrancarle la vista de la carretera. Solo reaccionó cuando las luces de la gasolinera lo devolvieron a la realidad. Una donde los fantasmas de la mente daban paso a algo peor: un lugar peligroso, sin espacio para los débiles.

Dejando el grupo San Pedro a la izquierda, siguió varios metros hasta encontrar el primer sitio libre (también a la izquierda) en una hilera de coches aparcados en batería frente a un edificio de varias plantas.

Aparcó de culo, con una intención clara: poder largarse de allí en cuanto las cosas se pusieran feas. El arma de servicio descansaba en la guantera; lo bastante lejos para que nadie la viera a simple vista, lo bastante cerca para echar mano de ella si hacía falta.

Un clic bastó para activar el cierre centralizado. Guardó las llaves en el bolsillo de la cazadora. Esa que llevaba años sin usar, olvidada en el fondo del armario.

Su intención era clara: aparentar lo que no era, despistar a quien observa sin ser visto, consciente de que, desde el momento en el que pisó la calle, alguien ya controlaba cada uno de sus movimientos. Cualquier gesto fuera de lugar podría ponerle en apuros. Delatarle. Su prioridad se convirtió en templar los nervios. Pero ¿Cómo?

La solución se le presentó en forma de bar; de los de antes: suelo rústico y grasiento, mobiliario detenido en el tiempo, la vitrina (de cristal) saturada de botellas.

Cuatro de las seis mesas estaban ocupadas.

En una se jugaba al guiñote: uno de los hombres cantó las cuarenta, para satisfacción de su pareja y disgusto de los contrarios.

En la del fondo, junto a los lavabos, dos hombres de mar (a juzgar por la ropa) y una mujer de rasgos marcados, hablaban y reían como si estuvieran solos. En la mesa, tras vasos de tubo a medio consumir.

Detrás de la barra, con cara de resignación, un hombre de pelo cano y nariz prominente pasaba la bayeta en círculos, siempre en el mismo punto. No perdía de vista la cocina, a la que se accedía desde la propia barra y que se intuía tras una cortina de hilos finos. De allí salía un aroma que se deslizaba por el ambiente sin prisa, inundándolo por completo.

La lengua se le humedeció en cuanto le llegó el olor. No había cenado todavía.

—Un carajillo de ron —pidió, sabiendo que no debía.

Estaba de servicio, sí.

Pero también estaba solo, cansado y a punto de meterse en un barrio que no perdonaba los errores.

El camarero asintió sin apenas mirarle. Los clientes siguieron a lo suyo, ajenos a su presencia.

Sentarse en el taburete anclado al suelo frente a la barra se le presentó como un reto difícil de superar. Primero levantó la pierna hasta poner el muslo a la altura del asiento y luego se impulsó en un salto torpe, ridículo.

O al menos, así lo sintió él.

Meneó el culo un par de veces, buscando una postura que la espuma vieja del asiento no estaba dispuesta a darle. El camarero le lanzó una mirada de reproche justo cuando estaba a punto de dejar el carajillo sobre la barra. Castro se bajó del taburete y se dirigió a una de las mesas libres.

El camarero lo siguió hasta la de la ventana sirviéndole de malas maneras, tan al borde que parecía a punto de caerse.

Desde allí el paso de los coches y los vecinos paseando a sus mascotas lo entretendrían. Le gustaba fantasear con la vida de quienes se cruzaban en su camino; imaginar qué historias escondían, qué cargas llevaban. A veces dudaba si alguien más en el mundo tenía esa misma obsesión o si solo le ocurría a él.

Aunque, haciendo memoria, recordó a un tipo que conoció años atrás. Raúl. Una noche de borrachera le confesó que se autodenominaba el voyeur de las ventanas abiertas. Lo suyo era asomarse a la vida de otros. Igual que Castro, pero con casas en vez de personas. Necesitaba imaginar cómo se vivía ahí dentro, en esos pisos que abrían sus ventanas al mundo.

El vaso ardía y el primer sorbo le rasgó la nuez. No estaba acostumbrado al brebaje y la garganta se le cerró en banda, robándole el aire durante tres segundos que se hicieron eternos.

El segundo sorbo entró más suave, aunque todavía peleón. Y cuando fue a darle el tercero, detuvo el vaso a escasos centímetros de los labios. Algo se movió al otro lado del cristal, captando su atención por el rabillo del ojo.

La mujer mediría alrededor de uno setenta. Cabello largo, descuidado, negro como el carbón. Y un porte elegante que desentonaba con todo lo demás. Que de no ser por las alpargatas de andar por casa, el pijama de ositos y el batín de franela, habría soltado cualquier tontería impulsiva. Quizá incluso una propuesta absurda.

Para su sorpresa, la mujer entró en el bar saludando a los presentes.

A Castro se le aceleró el pulso. De cerca, tenía una belleza sin igual, de mirada penetrante y calculadora, pero sobre ella reconoció el aura de la desgracia. No sabía de qué se trataba, pero esa mujer estaba pasando por algo muy jodido.

—Carmen, ¿cómo estás? —preguntó la clienta al levantarse para abrazarla.

Castro se atragantó al escuchar el nombre y ver la familiaridad del gesto. Era demasiado bueno para ser una coincidencia. Con un poco de paciencia y buen oído, quizá no tendría que poner un pie en el Grupo San Pedro.

Carmen se derrumbó sobre el hombro de la mujer, que pidió una tila bien cargada. Señaló la mesa vacía junto a Castro para que se la sirvieran allí. Luego recogió su propia bebida y se sentó con ella, acompañándola en el dolor como un pañuelo dispuesto a absorber cada lágrima.

Hablaron entre susurros compartiendo secretos, dudas y miedos; cada recuerdo terminaba en un suspiro profundo, de esos que duelen y no te dejan mirar atrás.

El agente alargó el carajillo lo suficiente como para hacerlo durar hasta que terminaron las confesiones y las penas. Entonces Carmen, con el ánimo renovado y como si todos sus problemas se hubieran disipado de un plumazo, le chistó al camarero:

—Herminio, un pelotazo de los que a mí me gustan.

Acabó dando un golpe seco en la mesa, sobresaltando a Castro.

Entonces su teléfono vibró en el bolsillo. Anónimo, discreto. Solo él sabía que alguien lo necesitaba.

Se levantó, fue hasta la barra y preguntó cuánto debía.

—Uno cincuenta —sentenció Herminio sin dejar de frotar el vaso con el trapo.

Castro dejó dos monedas en el mostrador, se despidió de los presentes y salió del bar tal y como había llegado. Solo que, esta vez, algo tocado.

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