Hoy quiero haceros partícipes de una reflexión a la que llevo días dándole vueltas, llegando siempre a la misma conclusión.
AJ Sánchez
Donde queda la esencia del autor literario
Hoy quiero haceros partícipes de una reflexión a la que llevo días dándole vueltas, llegando siempre a la misma conclusión.
Avance de escritura del 27 de abril al 03 de mayo del 2026
Hoy es domingo y eso quiere decir que vengo a actualizaros mi proceso de escritura por lo que no voy a haceros perder mucho el tiempo.
Esta semana ha ido mejor que la anterior y eso se refleja en el recuento de palabras escritas a lo largo de esta semana. Así que sin mas demora, os dejo los números a continuación:
Lunes 934 palabras
Martes 854 palabras
Miércoles 0 palabras
Jueves 532 palabras
Viernes 430 palabras
Sábado 1.437 palabras
Domingo 1.216 palabras
Total= 5.403 Palabras
Como podréis comprobar, han sido casi dos mil palabras mas que la semana anterior. Por lo que estoy muy contento con el tiempo dedicado a mi nuevo proyecto.
10 minutos en la feria del libro de Castellón
Hoy sábado, 2 de mayo de 2006, me he acercado, dando un paseo con mi mujer, a la feria del libro de Castellón. Mi intención era pasarme por todas y cada una de las casetas a mirar qué ofrecían, habiéndome prometido a mí mismo que solo iba a mirar y no a comprar (tengo todavía muchas lecturas pendientes). Mi plan, a priori, era perfecto. Pero claro, todo no podía salir a pedir de boca. Y es que en la segunda caseta, nos ha asaltado una mujer la mar de simpática con dos libros en la mano. Uno de ellos, el que hablaba de Castellón, ha sido el que más nos ha llamado la atención. Y la mujer (Daniela Rotaru: autora) muy amablemente se ha puesto a hablar de él; incluso nos ha leído algún que otro párrafo de una página aleatoria. Nos ha gustado. Le he preguntado si la autora era de la provincia. ¡Ohhhhh sorpresa! Cuando me ha dicho que la autora era ella misma. Nunca lo hubiera imaginado después de escucharla hablar con ese acento tan marcado procedente del este europeo. En ese momento he sido consciente de que, una vez más y contra todo pronóstico, volvería a romper una promesa. Y es que ya van muchas a lo largo de mi vida. La promesa que más veces he roto a lo largo de mi vida ha sido la de “El lunes empiezo la dieta”. ¡No llevo lunes ni na! Jajajaja. Acto seguido, le he pedido que me lo dedicara mientras sacaba la tarjeta y la pasaba por el datáfono. Menos mal que no iba a comprar nada. En cuestión de segundos han volado 19 eurillos. Pero ha valido la pena (supongo). Ella más contenta que unas castañuelas y yo (creo) que también.
Todavía estaba procesando lo que acababa de ocurrir cuando, en la caseta de al lado, hacia donde me dirigía, el bueno de Amadeo, que no me había quitado el ojo de encima desde que me puse a hablar con Daniela (aunque no lo parezca, siempre estoy pendiente de lo que ocurre a mi alrededor), ha salido a mi paso con la mejor de sus sonrisas y un libro en la mano. Jajajajaja, qué cabrón. “Perdona, ¿te interesaría leer mi novela?”, me pregunta. No le respondo con la sequedad que me caracteriza. Me extiende el libro y me dice: “Es un thriller histórico”. La historia no es que me guste demasiado, por lo que le digo que no me atrae lo más mínimo, y el muy sinvergüenza va y me dice: “Lee la sinopsis”. ¡Para qué la habré leído, Dios mío! ¿Adivinad quién le ha pedido que le dedicara el ejemplar de “La sangre de la nueva alianza”? Correcto, yo. Otros 20 euros al aire. Y espérate porque seguimos para bingo, ya que mientras yo me dejaba embaucar por Amadeo, mi mujer llegaba desde la caseta ubicada a nuestras espaldas con un libro en la mano y una sonrisa en la boca. ¿Adivinad? Otros 20 euros bien invertidos. Y menos mal que no iba a gastarme nada. A decir verdad, mi mujer no había dicho nada; es más, juraría que iba con la intención de pescar algo. Porque el día anterior, dando una vuelta por el centro, se paró delante del escaparate de una librería más tiempo de lo necesario, ya que, al ser día 1, era fiesta y estaba cerrada. Ahí ya tendría que haberme puesto nervioso, pero no lo vi venir, jajajaja. Antes de continuar, me gustaría comentaros que, una vez con este segundo libro en mi poder, me he tomado la libertad de decirle a Amadeo: “Estás cumpliendo mi sueño”. Él me ha dicho: “Es fácil, solo hay que sentarse”, a lo que le he contestado: eso es lo fácil, lo difícil es publicar. Ya llevo tres libros autopublicados. Una señora que parecía estar con la parabólica puesta en una de las casetas colindantes, se me ha acercado y me ha entregado un folleto; era una editorial que se dedicaba a publicar novelas de autores de la provincia y me ha dicho que en julio reciben manuscritos. Quizá, quién sabe, sea una puerta abierta en un futuro, pero si no pasa nada y Dios quiere, mi próxima novela, si tiene la calidad suficiente, ya estaría apalabrada con lo que espero sea un proyecto fructífero para un buen amigo.
Bueno, pues, con un nuevo agujero de 60 euros en la cuenta corriente y poco más de seis casetas por visitar, podía estar tranquilo. Ambos habíamos saciado nuestra sed consumista, pero ¡no! Como escuché hace poco, no sé de dónde… “¡Cuando crees que la noté iba per qui… pero va pocua!” y cuánta razón tenía, porque en la última caseta, haciéndome ojitos, estaba el libro que llevaba tiempo en el punto de mira y no me decidía a comprar nunca, obviamente, debido a (desde mi punto de vista) su alto precio. Pues bien, como podréis imaginaros, he salido con 80 euros menos de los que entré y os juro que no he pasado más de diez minutos recorriendo la feria.
He de decir que el año que viene volveré, compraré y seguiré soñando con estar algún día yo también en una caseta dándole visibilidad a alguna de mis novelas, porque los sueños están para perseguirlos y no dejarlos escapar. Porque el que sueña y no persigue su sueño es un parguela.
Un nuevo libro llega a casa.
El diario de los objetos olvidados escrito por Rafael Mérida.
Siempre es un placer empezar una nueva lectura. Y el diario de los objetos olvidados llegó a mis manos sin previo aviso, cuando ya estaba inmerso en una lectura, la cual tuve que dejar de lado al cometer el garrafal error de leer las primeras páginas de la novela de la que os voy a hablar a continuación.
Esta es la segunda novela que escribe un buen amigo del cual, ahora mismo, siento una envidia sana que no podría describir en palabras, y es que en este último trabajo, me ha dejado boquiabierto al comprobar la soltura y desparpajo que ha adquirido desde que publicó su primera novela, “El último hogar”, descubriendo en él una evolución de la narrativa impresionante. ¡Ojo! Esto no significa que su primera novela no estuviera a la altura, ni mucho menos, porque si os gustan las historias distópicas, llenas de acción, decisiones difíciles y un amplio abanico de personajes bien estructurados, os recomiendo que os hagáis con el libro y os perdáis en un Castellón postapocalíptico lleno de peligros en cada rincón de la ciudad.
Pero vamos al motivo de esta entrada: El diario de los objetos perdidos nos pone en la piel de Clemente, un guardia de seguridad de una estación de ferrocarril donde la monotonía golpea con fuerza cada segundo de su jornada laboral, por lo que, estando al cargo de la sección de objetos perdidos, decide empezar a registrarlos en un viejo diario que llega hasta él con las páginas en blanco, esperando a que Clemente empiece a plasmar las historias de cada objeto que añade en el inventario. Y es que todo parece transcurrir con total normalidad hasta el día en el que la monotonía de la estación ferroviaria se ve interrumpida por un desagradable suceso. A partir de ese momento, empieza una rocambolesca historia contada con tanto mimo y detalle, que desearías vivir en esa ciudad simplemente para impregnarte de la esencia que rezuma la novela, en la que el misticismo y los sucesos paranormales se dan la mano en una intrincada investigación policial donde cada paso que dan parece alejarles cada vez más de la verdad.
La verdad es que creo que Rafael Mérida tiene un gran potencial a la hora de plasmar sus ideas en papel y hacer que nos olvidemos de lo que nos rodea para sumergirnos en cada una de las historias que salen de esa mente privilegiada. Una mente que no deja títere con cabeza con su visión del mundo, dejando huella en cada crítica social a la que hace referencia tanto en su primera novela como en esta última.
Cuanto he escrito del 20 al 26 de abril
Hoy, como cada lunes a partir de ahora (si me acuerdo), voy a compartir con vosotros/as las palabras diarias que escribo cada día de la semana. Habrá veces que serán muchas; otras, en cambio, apenas tendré tiempo para escribir, pero aun así, si no pasa nada, os actualizaré mi progreso semana a semana. Lo cual, teniendo en cuenta que tenía turno de tarde y solo escribía por la mañana, creo que son buenos números.
La semana del 20 al 26 de abril este ha sido el resultado:
Lunes: 400 palabras
Martes: 264 palabras
Miércoles: 578 palabras
Jueves: 996 palabras
Viernes: 573 palabras
Sábado: 521 palabras
Domingo: 133 palabras
Total: 3.465 palabras.
Podéis comentarme, si os apetece, qué os parece o decirme, si se da el caso, cuántas palabras habéis escrito en vuestro actual proyecto.
Mi experiencia siendo totalmente brújula
Asi empieza el capítulo 11 de mi proxima novela
Hola, hoy estoy de buen humor (no me preguntéis porque, porque ni yo mismo lo se). Así que me gustaría compartir con vosotros/as el principio del capítulo 11.
También será una buena oportunidad para que descubráis la relación entre la subinspectora Alicia y su compañero de fatigas.
Así que, sin mas dilación, os dejo con el texto en cuestión. Espero que os guste:
Altava entró en el despacho de Alicia con paso raudo, cerró la puerta de un portazo y apoyó las manos en el borde del escritorio, donde la subinspectora redactaba el primer informe de la investigación.
—¡Adivina! —soltó el agente dejándose caer, de mala gana, en la silla.
Alicia dejó de teclear de inmediato, interrumpiendo la frase a medias. Alzó la voz más de lo necesario:
—Te ha denegado la orden. —Golpeó la mesa con la palma abierta, intentando canalizar la frustración.
—¿Te lo puedes creer? —añadió Altava, incrédulo, exagerando el dramatismo. Y cuando vio que Alicia ya amenazaba con levantarse para ir ella misma a hablar con la jueza, sacó del bolsillo de la americana la orden judicial. La alzó en el aire y la agitó con gesto triunfal, observando divertido la reacción de su compañera.
—¡Eres un gilipollas! ¿Sabes?
Altava rompió en carcajadas.
A Alicia le ardía la sangre.
Se levantó como un resorte, cerró la tapa del portátil y lo señaló con el dedo acusador, moviéndolo de arriba abajo sin decir palabra. Entonces, al darse cuenta del error cometido, cerró los ojos con fuerza e intentó increparle:
—¡Eres! ¡Eres! ¡Arrgggg! —intentó varias veces abrir de nuevo el portátil mientras luchaba por mantener la compostura. Sabía que si dejaba salir lo que realmente quería decir, Altava saldría muy mal parado. Y es que, si otro compañero le hubiera gastado la misma broma, ella misma habría roto la relación laboral al instante.
Así de tajante era Alicia.
Pero por algún motivo que ni ella misma entendía, a Altava lo tenía en alta estima. Aunque llevaban relativamente poco tiempo trabajando juntos, él se había ganado su confianza con creces.
El agente carraspeó, recuperando en lo posible un tono serio, y le extendió la orden judicial.
Alicia la cogió con un movimiento rápido y la guardó deprisa en el bolso. No dijo nada. Con la orden en su poder, la situación incluso empezó a resultarle graciosa, así que evitó a toda costa cruzar la mirada con su compañero. Si lo hacía, sabía que acabaría riéndose también.







