Quienes me seguís en redes sociales, estaréis al tanto de que ando metido en un nuevo proyecto que espero vea la luz a lo largo de este 2026. Y si no me conoces de nada y has llegado aquí por casualidad o curiosidad, ya lo sabes.
AJ Sánchez
Tengo que parar un poco y recapítular
Capítulo 24 de mi proxima novela
Capítulo 24
Lunes por la Noche, Grao de Castellón 22:05 (Castro)
Castro tamborileaba los pulgares sobre el volante. Sin música. Solo el ritmo torpe de su cabeza acelerada, intentando ahogar los pensamientos que venían uno detrás de otro, cada cual más jodido que el anterior.
Los focos de los coches que venían de frente lo deslumbraban a ratos, pero ni así lograban arrancarle la vista de la carretera. Solo reaccionó cuando las luces de la gasolinera lo devolvieron a la realidad. Una donde los fantasmas de la mente daban paso a algo peor: un lugar peligroso, sin espacio para los débiles.
Dejando el grupo San Pedro a la izquierda, siguió varios metros hasta encontrar el primer sitio libre (también a la izquierda) en una hilera de coches aparcados en batería frente a un edificio de varias plantas.
Aparcó de culo, con una intención clara: poder largarse de allí en cuanto las cosas se pusieran feas. El arma de servicio descansaba en la guantera; lo bastante lejos para que nadie la viera a simple vista, lo bastante cerca para echar mano de ella si hacía falta.
Un clic bastó para activar el cierre centralizado. Guardó las llaves en el bolsillo de la cazadora. Esa que llevaba años sin usar, olvidada en el fondo del armario.
Su intención era clara: aparentar lo que no era, despistar a quien observa sin ser visto, consciente de que, desde el momento en el que pisó la calle, alguien ya controlaba cada uno de sus movimientos. Cualquier gesto fuera de lugar podría ponerle en apuros. Delatarle. Su prioridad se convirtió en templar los nervios. Pero ¿Cómo?
La solución se le presentó en forma de bar; de los de antes: suelo rústico y grasiento, mobiliario detenido en el tiempo, la vitrina (de cristal) saturada de botellas.
Cuatro de las seis mesas estaban ocupadas.
En una se jugaba al guiñote: uno de los hombres cantó las cuarenta, para satisfacción de su pareja y disgusto de los contrarios.
En la del fondo, junto a los lavabos, dos hombres de mar (a juzgar por la ropa) y una mujer de rasgos marcados, hablaban y reían como si estuvieran solos. En la mesa, tras vasos de tubo a medio consumir.
Detrás de la barra, con cara de resignación, un hombre de pelo cano y nariz prominente pasaba la bayeta en círculos, siempre en el mismo punto. No perdía de vista la cocina, a la que se accedía desde la propia barra y que se intuía tras una cortina de hilos finos. De allí salía un aroma que se deslizaba por el ambiente sin prisa, inundándolo por completo.
La lengua se le humedeció en cuanto le llegó el olor. No había cenado todavía.
—Un carajillo de ron —pidió, sabiendo que no debía.
Estaba de servicio, sí.
Pero también estaba solo, cansado y a punto de meterse en un barrio que no perdonaba los errores.
El camarero asintió sin apenas mirarle. Los clientes siguieron a lo suyo, ajenos a su presencia.
Sentarse en el taburete anclado al suelo frente a la barra se le presentó como un reto difícil de superar. Primero levantó la pierna hasta poner el muslo a la altura del asiento y luego se impulsó en un salto torpe, ridículo.
O al menos, así lo sintió él.
Meneó el culo un par de veces, buscando una postura que la espuma vieja del asiento no estaba dispuesta a darle. El camarero le lanzó una mirada de reproche justo cuando estaba a punto de dejar el carajillo sobre la barra. Castro se bajó del taburete y se dirigió a una de las mesas libres.
El camarero lo siguió hasta la de la ventana sirviéndole de malas maneras, tan al borde que parecía a punto de caerse.
Desde allí el paso de los coches y los vecinos paseando a sus mascotas lo entretendrían. Le gustaba fantasear con la vida de quienes se cruzaban en su camino; imaginar qué historias escondían, qué cargas llevaban. A veces dudaba si alguien más en el mundo tenía esa misma obsesión o si solo le ocurría a él.
Aunque, haciendo memoria, recordó a un tipo que conoció años atrás. Raúl. Una noche de borrachera le confesó que se autodenominaba el voyeur de las ventanas abiertas. Lo suyo era asomarse a la vida de otros. Igual que Castro, pero con casas en vez de personas. Necesitaba imaginar cómo se vivía ahí dentro, en esos pisos que abrían sus ventanas al mundo.
El vaso ardía y el primer sorbo le rasgó la nuez. No estaba acostumbrado al brebaje y la garganta se le cerró en banda, robándole el aire durante tres segundos que se hicieron eternos.
El segundo sorbo entró más suave, aunque todavía peleón. Y cuando fue a darle el tercero, detuvo el vaso a escasos centímetros de los labios. Algo se movió al otro lado del cristal, captando su atención por el rabillo del ojo.
La mujer mediría alrededor de uno setenta. Cabello largo, descuidado, negro como el carbón. Y un porte elegante que desentonaba con todo lo demás. Que de no ser por las alpargatas de andar por casa, el pijama de ositos y el batín de franela, habría soltado cualquier tontería impulsiva. Quizá incluso una propuesta absurda.
Para su sorpresa, la mujer entró en el bar saludando a los presentes.
A Castro se le aceleró el pulso. De cerca, tenía una belleza sin igual, de mirada penetrante y calculadora, pero sobre ella reconoció el aura de la desgracia. No sabía de qué se trataba, pero esa mujer estaba pasando por algo muy jodido.
—Carmen, ¿cómo estás? —preguntó la clienta al levantarse para abrazarla.
Castro se atragantó al escuchar el nombre y ver la familiaridad del gesto. Era demasiado bueno para ser una coincidencia. Con un poco de paciencia y buen oído, quizá no tendría que poner un pie en el Grupo San Pedro.
Carmen se derrumbó sobre el hombro de la mujer, que pidió una tila bien cargada. Señaló la mesa vacía junto a Castro para que se la sirvieran allí. Luego recogió su propia bebida y se sentó con ella, acompañándola en el dolor como un pañuelo dispuesto a absorber cada lágrima.
Hablaron entre susurros compartiendo secretos, dudas y miedos; cada recuerdo terminaba en un suspiro profundo, de esos que duelen y no te dejan mirar atrás.
El agente alargó el carajillo lo suficiente como para hacerlo durar hasta que terminaron las confesiones y las penas. Entonces Carmen, con el ánimo renovado y como si todos sus problemas se hubieran disipado de un plumazo, le chistó al camarero:
—Herminio, un pelotazo de los que a mí me gustan.
Acabó dando un golpe seco en la mesa, sobresaltando a Castro.
Entonces su teléfono vibró en el bolsillo. Anónimo, discreto. Solo él sabía que alguien lo necesitaba.
Se levantó, fue hasta la barra y preguntó cuánto debía.
—Uno cincuenta —sentenció Herminio sin dejar de frotar el vaso con el trapo.
Castro dejó dos monedas en el mostrador, se despidió de los presentes y salió del bar tal y como había llegado. Solo que, esta vez, algo tocado.
Donde queda la esencia del autor literario
Hoy quiero haceros partícipes de una reflexión a la que llevo días dándole vueltas, llegando siempre a la misma conclusión.
Avance de escritura del 27 de abril al 03 de mayo del 2026
Hoy es domingo y eso quiere decir que vengo a actualizaros mi proceso de escritura por lo que no voy a haceros perder mucho el tiempo.
Esta semana ha ido mejor que la anterior y eso se refleja en el recuento de palabras escritas a lo largo de esta semana. Así que sin mas demora, os dejo los números a continuación:
Lunes 934 palabras
Martes 854 palabras
Miércoles 0 palabras
Jueves 532 palabras
Viernes 430 palabras
Sábado 1.437 palabras
Domingo 1.216 palabras
Total= 5.403 Palabras
Como podréis comprobar, han sido casi dos mil palabras mas que la semana anterior. Por lo que estoy muy contento con el tiempo dedicado a mi nuevo proyecto.
10 minutos en la feria del libro de Castellón
Hoy sábado, 2 de mayo de 2006, me he acercado, dando un paseo con mi mujer, a la feria del libro de Castellón. Mi intención era pasarme por todas y cada una de las casetas a mirar qué ofrecían, habiéndome prometido a mí mismo que solo iba a mirar y no a comprar (tengo todavía muchas lecturas pendientes). Mi plan, a priori, era perfecto. Pero claro, todo no podía salir a pedir de boca. Y es que en la segunda caseta, nos ha asaltado una mujer la mar de simpática con dos libros en la mano. Uno de ellos, el que hablaba de Castellón, ha sido el que más nos ha llamado la atención. Y la mujer (Daniela Rotaru: autora) muy amablemente se ha puesto a hablar de él; incluso nos ha leído algún que otro párrafo de una página aleatoria. Nos ha gustado. Le he preguntado si la autora era de la provincia. ¡Ohhhhh sorpresa! Cuando me ha dicho que la autora era ella misma. Nunca lo hubiera imaginado después de escucharla hablar con ese acento tan marcado procedente del este europeo. En ese momento he sido consciente de que, una vez más y contra todo pronóstico, volvería a romper una promesa. Y es que ya van muchas a lo largo de mi vida. La promesa que más veces he roto a lo largo de mi vida ha sido la de “El lunes empiezo la dieta”. ¡No llevo lunes ni na! Jajajaja. Acto seguido, le he pedido que me lo dedicara mientras sacaba la tarjeta y la pasaba por el datáfono. Menos mal que no iba a comprar nada. En cuestión de segundos han volado 19 eurillos. Pero ha valido la pena (supongo). Ella más contenta que unas castañuelas y yo (creo) que también.
Todavía estaba procesando lo que acababa de ocurrir cuando, en la caseta de al lado, hacia donde me dirigía, el bueno de Amadeo, que no me había quitado el ojo de encima desde que me puse a hablar con Daniela (aunque no lo parezca, siempre estoy pendiente de lo que ocurre a mi alrededor), ha salido a mi paso con la mejor de sus sonrisas y un libro en la mano. Jajajajaja, qué cabrón. “Perdona, ¿te interesaría leer mi novela?”, me pregunta. No le respondo con la sequedad que me caracteriza. Me extiende el libro y me dice: “Es un thriller histórico”. La historia no es que me guste demasiado, por lo que le digo que no me atrae lo más mínimo, y el muy sinvergüenza va y me dice: “Lee la sinopsis”. ¡Para qué la habré leído, Dios mío! ¿Adivinad quién le ha pedido que le dedicara el ejemplar de “La sangre de la nueva alianza”? Correcto, yo. Otros 20 euros al aire. Y espérate porque seguimos para bingo, ya que mientras yo me dejaba embaucar por Amadeo, mi mujer llegaba desde la caseta ubicada a nuestras espaldas con un libro en la mano y una sonrisa en la boca. ¿Adivinad? Otros 20 euros bien invertidos. Y menos mal que no iba a gastarme nada. A decir verdad, mi mujer no había dicho nada; es más, juraría que iba con la intención de pescar algo. Porque el día anterior, dando una vuelta por el centro, se paró delante del escaparate de una librería más tiempo de lo necesario, ya que, al ser día 1, era fiesta y estaba cerrada. Ahí ya tendría que haberme puesto nervioso, pero no lo vi venir, jajajaja. Antes de continuar, me gustaría comentaros que, una vez con este segundo libro en mi poder, me he tomado la libertad de decirle a Amadeo: “Estás cumpliendo mi sueño”. Él me ha dicho: “Es fácil, solo hay que sentarse”, a lo que le he contestado: eso es lo fácil, lo difícil es publicar. Ya llevo tres libros autopublicados. Una señora que parecía estar con la parabólica puesta en una de las casetas colindantes, se me ha acercado y me ha entregado un folleto; era una editorial que se dedicaba a publicar novelas de autores de la provincia y me ha dicho que en julio reciben manuscritos. Quizá, quién sabe, sea una puerta abierta en un futuro, pero si no pasa nada y Dios quiere, mi próxima novela, si tiene la calidad suficiente, ya estaría apalabrada con lo que espero sea un proyecto fructífero para un buen amigo.
Bueno, pues, con un nuevo agujero de 60 euros en la cuenta corriente y poco más de seis casetas por visitar, podía estar tranquilo. Ambos habíamos saciado nuestra sed consumista, pero ¡no! Como escuché hace poco, no sé de dónde… “¡Cuando crees que la noté iba per qui… pero va pocua!” y cuánta razón tenía, porque en la última caseta, haciéndome ojitos, estaba el libro que llevaba tiempo en el punto de mira y no me decidía a comprar nunca, obviamente, debido a (desde mi punto de vista) su alto precio. Pues bien, como podréis imaginaros, he salido con 80 euros menos de los que entré y os juro que no he pasado más de diez minutos recorriendo la feria.
He de decir que el año que viene volveré, compraré y seguiré soñando con estar algún día yo también en una caseta dándole visibilidad a alguna de mis novelas, porque los sueños están para perseguirlos y no dejarlos escapar. Porque el que sueña y no persigue su sueño es un parguela.
Un nuevo libro llega a casa.
El diario de los objetos olvidados escrito por Rafael Mérida.
Siempre es un placer empezar una nueva lectura. Y el diario de los objetos olvidados llegó a mis manos sin previo aviso, cuando ya estaba inmerso en una lectura, la cual tuve que dejar de lado al cometer el garrafal error de leer las primeras páginas de la novela de la que os voy a hablar a continuación.
Esta es la segunda novela que escribe un buen amigo del cual, ahora mismo, siento una envidia sana que no podría describir en palabras, y es que en este último trabajo, me ha dejado boquiabierto al comprobar la soltura y desparpajo que ha adquirido desde que publicó su primera novela, “El último hogar”, descubriendo en él una evolución de la narrativa impresionante. ¡Ojo! Esto no significa que su primera novela no estuviera a la altura, ni mucho menos, porque si os gustan las historias distópicas, llenas de acción, decisiones difíciles y un amplio abanico de personajes bien estructurados, os recomiendo que os hagáis con el libro y os perdáis en un Castellón postapocalíptico lleno de peligros en cada rincón de la ciudad.
Pero vamos al motivo de esta entrada: El diario de los objetos perdidos nos pone en la piel de Clemente, un guardia de seguridad de una estación de ferrocarril donde la monotonía golpea con fuerza cada segundo de su jornada laboral, por lo que, estando al cargo de la sección de objetos perdidos, decide empezar a registrarlos en un viejo diario que llega hasta él con las páginas en blanco, esperando a que Clemente empiece a plasmar las historias de cada objeto que añade en el inventario. Y es que todo parece transcurrir con total normalidad hasta el día en el que la monotonía de la estación ferroviaria se ve interrumpida por un desagradable suceso. A partir de ese momento, empieza una rocambolesca historia contada con tanto mimo y detalle, que desearías vivir en esa ciudad simplemente para impregnarte de la esencia que rezuma la novela, en la que el misticismo y los sucesos paranormales se dan la mano en una intrincada investigación policial donde cada paso que dan parece alejarles cada vez más de la verdad.
La verdad es que creo que Rafael Mérida tiene un gran potencial a la hora de plasmar sus ideas en papel y hacer que nos olvidemos de lo que nos rodea para sumergirnos en cada una de las historias que salen de esa mente privilegiada. Una mente que no deja títere con cabeza con su visión del mundo, dejando huella en cada crítica social a la que hace referencia tanto en su primera novela como en esta última.
Cuanto he escrito del 20 al 26 de abril
Hoy, como cada lunes a partir de ahora (si me acuerdo), voy a compartir con vosotros/as las palabras diarias que escribo cada día de la semana. Habrá veces que serán muchas; otras, en cambio, apenas tendré tiempo para escribir, pero aun así, si no pasa nada, os actualizaré mi progreso semana a semana. Lo cual, teniendo en cuenta que tenía turno de tarde y solo escribía por la mañana, creo que son buenos números.
La semana del 20 al 26 de abril este ha sido el resultado:
Lunes: 400 palabras
Martes: 264 palabras
Miércoles: 578 palabras
Jueves: 996 palabras
Viernes: 573 palabras
Sábado: 521 palabras
Domingo: 133 palabras
Total: 3.465 palabras.
Podéis comentarme, si os apetece, qué os parece o decirme, si se da el caso, cuántas palabras habéis escrito en vuestro actual proyecto.







